¿Qué conversación sigues posponiendo? ¿A quién te gustaría dedicarle más tiempo? ¿Qué parte de tu vida necesita un poco más de atención?
Son preguntas que solemos dejar para después. Entre pendientes y responsabilidades, es fácil vivir como si siempre hubiera otra oportunidad: otro domingo para visitar, otro momento para expresar cariño, otra etapa para hacer eso que deseamos.
Hasta que una despedida, un cambio o una ausencia nos recuerda que la vida tiene un tiempo que desconocemos. Pensar en la muerte puede despertar miedo, tristeza y muchas preguntas. También puede acercarnos a una reflexión íntima: ¿cómo quiero vivir el tiempo que tengo?
Darle un lugar a lo que nos cuesta mirar
Hablar de la muerte suele incomodarnos. A veces cambiamos de tema, recurrimos a una frase rápida o preferimos pensar que todavía falta mucho para ocuparnos de ella. Es comprensible. Nos confronta con la incertidumbre, con la posibilidad de separarnos de quienes amamos y con aquello que escapa a nuestro control.
Amigarnos con la muerte puede comenzar por permitirnos nombrarla. Reconocer que forma parte de nuestra experiencia humana y escuchar lo que sentimos frente a ella, sin exigirnos serenidad.
Podemos tener fe y sentir miedo. Podemos sostener una convicción espiritual y necesitar llorar. Podemos acompañar a alguien y quedarnos sin palabras. La honestidad también tiene un lugar en nuestra vida espiritual.
Cuando alguien nos hace falta
Quizá al leer esto pienses en una persona que murió. En su voz, en una costumbre compartida o en algo que todavía quisieras contarle. Hay ausencias que se hacen presentes en los momentos más cotidianos: una receta, una canción, una silla, una fecha.
Darte permiso de recordar puede ser una manera de reconocer la importancia de ese vínculo. Algunas veces llegarán lágrimas; otras, una sonrisa. A veces ambas. No necesitas apresurarte a encontrar una enseñanza en la pérdida. Puedes comenzar por reconocer: “Esta persona fue importante para mí y hoy la extraño”.
Si quedaron palabras pendientes, puedes escribirlas. Si hay un recuerdo que deseas conservar, puedes compartirlo. También puedes guardar silencio y dejar que ese momento sea como es. Hay historias amorosas y otras complejas. Cada persona merece espacio para reconocer su propia experiencia, sin sentirse obligada a idealizarla.
La mirada espiritual y nuestra humanidad
Desde la Ciencia de la Mente sostenemos que existe una Vida Infinita de la que todos participamos. Desde esa comprensión, contemplamos la muerte como una transición más allá de la forma física que conocemos.
Esta convicción puede ofrecernos consuelo y confianza. Al mismo tiempo, la ausencia de un cuerpo, de una voz y de una presencia cotidiana nos toca profundamente.
Podemos confiar en la continuidad de la Vida y extrañar el abrazo de alguien. La oración afirmativa y la meditación pueden ofrecernos un espacio para sentirnos sostenidos por la Presencia Divina. En ese encuentro también caben nuestras preguntas, nuestra vulnerabilidad y lo que todavía no comprendemos.
Nuestra práctica espiritual puede acompañarnos mientras aprendemos a vivir con una ausencia y a recibir el cariño de quienes siguen cerca.
Recordar que nuestro tiempo es valioso
Mirar la muerte también puede ayudarnos a revisar cómo estamos viviendo. Tal vez descubrimos que llevamos meses queriendo llamar a alguien. Que hace mucho no disfrutamos una actividad querida. Que estamos sosteniendo compromisos que necesitan un ajuste o esperando condiciones perfectas para comenzar algo importante. Reconocerlo puede orientarnos hacia una elección posible hoy.
Esto tampoco significa que debamos aprovechar cada minuto o llenar nuestros días de experiencias extraordinarias. Descansar, cocinar con calma, conversar y compartir un rato sencillo también son maneras de vivir algo valioso. Después de todo, buena parte de lo que extrañamos de alguien está hecho de esos momentos.
¿Qué merece un lugar en tu vida antes de que vuelvas a dejarlo para después?
Si estás atravesando una pérdida o el miedo a ella, no tienes que caminarlo en soledad. En el acompañamiento personal puedo acompañarte a darle espacio a lo que sientes, a tu ritmo y sin prisa. Si lo deseas, escríbeme; estoy aquí.
Cuando alguien nos hace falta
Quizá al leer esto pienses en una persona que murió. En su voz, en una costumbre compartida o en algo que todavía quisieras contarle. Hay ausencias que se hacen presentes en los momentos más cotidianos: una receta, una canción, una silla, una fecha.
Darte permiso de recordar puede ser una manera de reconocer la importancia de ese vínculo. Algunas veces llegarán lágrimas; otras, una sonrisa. A veces ambas. No necesitas apresurarte a encontrar una enseñanza en la pérdida. Puedes comenzar por reconocer: “Esta persona fue importante para mí y hoy la extraño”.
Si quedaron palabras pendientes, puedes escribirlas. Si hay un recuerdo que deseas conservar, puedes compartirlo. También puedes guardar silencio y dejar que ese momento sea como es. Hay historias amorosas y otras complejas. Cada persona merece espacio para reconocer su propia experiencia, sin sentirse obligada a idealizarla.
La mirada espiritual y nuestra humanidad
Desde la Ciencia de la Mente sostenemos que existe una Vida Infinita de la que todos participamos. Desde esa comprensión, contemplamos la muerte como una transición más allá de la forma física que conocemos.
Esta convicción puede ofrecernos consuelo y confianza. Al mismo tiempo, la ausencia de un cuerpo, de una voz y de una presencia cotidiana nos toca profundamente.
Podemos confiar en la continuidad de la Vida y extrañar el abrazo de alguien. La oración afirmativa y la meditación pueden ofrecernos un espacio para sentirnos sostenidos por la Presencia Divina. En ese encuentro también caben nuestras preguntas, nuestra vulnerabilidad y lo que todavía no comprendemos.
Nuestra práctica espiritual puede acompañarnos mientras aprendemos a vivir con una ausencia y a recibir el cariño de quienes siguen cerca.
Recordar que nuestro tiempo es valioso
Mirar la muerte también puede ayudarnos a revisar cómo estamos viviendo. Tal vez descubrimos que llevamos meses queriendo llamar a alguien. Que hace mucho no disfrutamos una actividad querida. Que estamos sosteniendo compromisos que necesitan un ajuste o esperando condiciones perfectas para comenzar algo importante. Reconocerlo puede orientarnos hacia una elección posible hoy.
Esto tampoco significa que debamos aprovechar cada minuto o llenar nuestros días de experiencias extraordinarias. Descansar, cocinar con calma, conversar y compartir un rato sencillo también son maneras de vivir algo valioso. Después de todo, buena parte de lo que extrañamos de alguien está hecho de esos momentos.
¿Qué merece un lugar en tu vida antes de que vuelvas a dejarlo para después?
Un ejercicio: elegir algo que quiero cuidar
Busca unos minutos de tranquilidad y completa estas frases:
- Una persona o un vínculo que quiero cuidar es…
- Algo de mi propia vida que necesita atención es…
- Un momento sencillo que me gustaría disfrutar más es…
Lee tus respuestas y elige una. Solo una. Después pregúntate: ¿qué acción pequeña y posible puedo realizar esta semana? Quizá sea hacer una llamada, proponer un encuentro, atender algo que has pospuesto o reservar un momento para una actividad que disfrutas.
Si pensaste en alguien que murió, puedes elegir una forma de honrar su recuerdo: escribir una anécdota, preparar una receta que compartían o dedicar unos minutos a recordar lo que apreciabas de esa persona. Elige algo que puedas hacer con cariño y a tu ritmo.
Agradecer sin dejar de extrañar
Al cerrar este mes, quizá puedas reconocer algo que agradeces de tu vida: una presencia, una oportunidad, un apoyo recibido o un momento de tranquilidad en medio de días difíciles. La gratitud puede convivir con lo que duele.
Puedes agradecer haber conocido a alguien y desear profundamente que siguiera aquí. Puedes valorar lo que hoy tienes mientras reconoces lo que te hace falta. Permitir esa convivencia nos ayuda a tratarnos con mayor ternura. Hay lugar para el amor, para la tristeza y para los momentos de alegría que puedan aparecer.
¿Qué quiero cuidar de mi vida hoy?
Quizá amigarse con la muerte sea un camino de preguntas que se transforma con los años y con las experiencias que atravesamos.
Hoy podemos acercarnos a él reconociendo que estamos aquí, que nuestro tiempo importa y que algunas de nuestras decisiones merecen atención. Podemos expresar un cariño. Escuchar con más presencia. Pedir compañía. Darnos descanso. Hacer espacio para algo que tiene sentido para nosotros.
Mientras estamos aquí, podemos cuidar la vida que compartimos y la que sucede dentro de nosotros. ¿Qué pequeño gesto elegirás hoy?
Afirmación
Reconozco la Vida Divina que me sostiene en cada momento. Me permito sentir y recibo con amor lo que hoy vive en mi corazón. Honro mis vínculos, doy espacio a mis recuerdos y elijo cuidar mi vida con presencia y ternura. Hoy expreso mi amor a través de una acción sencilla y posible. ¡Y Así Es!
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